El Agua en Al-Ándalus: Pureza, Vida y Gestión en una Civilización Avanzada

El agua representa la vida misma, es sustento y pureza. Es un bien preciado y un fin en sí mismo, pero también un instrumento para conseguir otros fines. Lo es en todas las culturas y también en el contexto arábigo-islámico, donde el ansiado estado de pureza ritual en que debe encontrarse el orante se alcanzaba mediante las abluciones. El Corán, el libro sagrado de los islámicos, establece que el agua es el principio más importante del universo, puesto que el trono de Dios está en el agua en el momento de la creación: “Él es quien ha creado los cielos y la tierra en 6 días, teniendo su trono en el agua” [Corán, XI, 7] y continúa: “¿Es que no han visto los infieles que los cielos y la tierra formaban un todo homogéneo y los separamos? ¿Y sacamos del agua a todo ser viviente? ¿Y no creerán?” [Corán, XXI, 30]. Según el texto sagrado, una de las tres cosas que se han autorizado a todo ser humano son la hierba (como pasto para el ganado), el agua y el fuego. Asimismo, “todo musulmán que retiene el agua que no necesita peca contra Allah”.

Río Guadalquivir al atardecer

La importancia esencial del agua en diferentes ámbitos, desde el ritual hasta el doméstico y agrícola, se refleja en la complejidad de las infraestructuras y normativas que los musulmanes andalusíes desarrollaron para su gestión y distribución. A pesar de su importancia, no encontramos una jurisprudencia islámica particularmente desarrollada en torno al derecho de aguas. Únicamente se tratan en los textos legales ciertas cuestiones puntuales, así como algunas estrategias para su reparto equitativo. Algunas tradiciones proféticas vaticinan un castigo riguroso de Dios a quien niegue su sobrante de agua a los demás.

La Administración del Agua: Instituciones y Normativas

La gestión y distribución del agua en Al-Ándalus no era ajena a las normas islámicas, debido a su pertenencia al conjunto de DAR al-ISLAM. Las normas les afectaban a la manera de organizar el bien más preciado de la naturaleza para los musulmanes. Las normas que regían el mundo musulmán indican que la propiedad y gestión del agua siguen un criterio islámico, además de costumbres y normas locales. Es en los siglos VIII y IX cuando aparece el derecho codificado en sus líneas principales y en las diferentes escuelas coránicas, aunque en Al-Ándalus y en el resto del Occidente islámico, el rito malikí es el principalmente aplicado en la interpretación de la Ley.

Instituciones como el Qadi al-miyah (Juez de las aguas) y el Sahib al-saqiya o Señor de la acequia, jugaron roles cruciales. A estas, hay que añadir la de la hisba, liderada por el muhtasib o almotacén. A pesar de no encargarse exclusivamente de la regulación del uso del agua, el muhtasib sí jugó un papel importante en dicha tarea, especialmente en lo relativo a las actividades desempeñadas en los zocos andalusíes por los trabajadores de distintos oficios. La hisba es una institución que se encarga de asegurar que se respeta la shari‘a o Ley divina en las transacciones cotidianas. Proviene de una máxima moral del Corán que establece que “lo correcto debe ser impuesto y que lo incorrecto debe ser prohibido”. El muhtasib, el oficial encargado por el gobernante (de forma directa o a través de sus delegados) de que se cumpla el precepto coránico, organiza la vigilancia de las transacciones, detectando e intentando evitar los fraudes cometidos en el seno de los diferentes oficios, y prescribiendo castigos para los infractores.

Los aspectos más importantes de la gestión hídrica eran el caudal y quién hacía el trabajo para la captación y/o conducción del agua. Así se dividían los usos y usuarios, en función del tipo de captación:

  • Grandes ríos: acceso para todos.
  • Pequeños ríos: existían limitaciones.
  • Ríos sin presa: prioridad de los ribereños y terceros (sin procurar perjuicios).
  • Ríos con presa: tiene derecho el asentamiento más antiguo, y si son coetáneos, riega primero el más cercano al nacimiento del río.

En cuanto a los sistemas hidráulicos, las obras de captación, qanat/s, pozos, minas, fuentes, podían ser de propiedad particular, limitada por el derecho de ŠAFA, es decir, el derecho de dar de beber a los hombres y animales que lo necesiten. Mientras que el sobrante iba para los regantes, y no hay acuerdo entre las escuelas coránicas si en ese caso era aceptada la venta.

Existen dos preceptos fundamentales que guían los derechos al agua en la Shari‘ah:

  • Shafa: derecho al sediento. Derecho universal del ser humano a saciar su sed y la de sus animales.
  • Shirb: derecho al riego. Derecho para regar sus cosechas.

Nadie puede negar el agua que sobra sin pecar contra Allah y contra el hombre.

Sistemas Hidráulicos Urbanos y Rurales: Innovación y Eficiencia

La crisis del mundo romano supuso una vuelta al mundo rural y abandono de la ciudad, de gran alcance en el occidente altomedieval. Por este motivo, los árabes reactivaron la vida urbana y fundaron ciudades nuevas. Debido a que los antiguos sistemas de abastecimiento fueron destruidos, tuvieron que crear nuevos sistemas. Entre las más conocidas de la península fueron Madrid, Calatayud, Almería, Calatrava o Murcia.

La ciudad hispano-musulmana contaba con: casas, palacios, fuentes públicas, hammams o baños, depósitos y canalizaciones urbanas. El agua era distribuida a los aljibes públicos, mezquitas, baños y actividades económicas como las alfarerías y tenerías. Algunas casas andalusíes disponían de abastecimiento de agua y evacuación de aguas negras. Las aguas de lluvia discurrían por la calle y se recogían en aljibes. Las aguas residuales no iban por la calle y menos aún las fecales. Las aguas residuales se evacuaban desde el patio de las viviendas andalusíes por canalizaciones subterráneas o superficiales, y las aguas fecales iban a las “letrinas”, con una conducción independiente. Al final, las residuales y las fecales iban a pozos negros existentes en el borde de la calle, aunque en las ciudades más avanzadas existía un sistema de canales subterráneos que conducía el agua sucia al exterior del núcleo urbano. Por lo tanto, el agua en el mundo islámico era usada para la higiene personal, para consumo doméstico, para las labores agrícolas, y para un uso cortesano y/o religioso.

Noria de cazoletas musulmana

La relación entre el abastecimiento de agua y las ciudades tradicionales musulmanas, las medinas, era muy estrecha. La medina debía provocar el desalojo de las aguas pluviales y residuales de calles y viviendas. Y para asegurar el bienestar y el porvenir de sus habitantes, debían proveer unas infraestructuras hidráulicas adecuadas. Es cierto que las formas de captación y aprovisionamiento de agua influyeron en la distribución interna y en el establecimiento de baños y mezquitas, pero resulta difícil determinar cómo influyeron en la vertebración del espacio. Sí hay unanimidad y demostración en la relación entre hidráulica y el urbanismo. El agua provocó la transformación del tejido urbano andalusí.

El desarrollo tecnológico y científico de los musulmanes hispanoárabes les permitió adoptar y adaptar diversos medios y recursos técnicos para la prospección, captación, elevación, almacenamiento, distribución y uso de aguas, que propiciaron el desarrollo del regadío, esencial para la agricultura, hasta el punto de que fue el motor de una importante revolución agrícola en el siglo XI. Los musulmanes perfeccionaron inmensamente las técnicas de riego, se convirtieron en los maestros de la técnica hidráulica agrícola. Aprovecharon los sistemas de riego romanos que aquí encontraron, y junto a las técnicas orientales que conocían, pudieron lograr un excepcional aprovechamiento del agua. No podemos pasar por desapercibido el hecho del contenido etimológico árabe de las palabras actuales con las que se designan las obras hidráulicas o de riego: sèquia, assut, assarb, sínia, nória, alcaduf, aljub, safareig, martava, tanda, etc.

Los dos sistemas de regadío tradicionales todavía vigentes en la actualidad provienen de la época musulmana, además de las canalizaciones del agua o acequias, por las que corría el agua de los ríos o de los manantiales, sirviéndose de los desniveles del suelo. En la utilización de las aguas fluviales emplearon los azudes o presas, y los alquezares o cortes. Para sacar el agua de pozos, fuentes, manantiales o ríos se utilizaron diversos medios: la polea, el torno de mano horizontal, el cigüeñal y las ruedas elevadoras. A partir del siglo X proliferan por toda la geografía de Al-Ándalus las norias accionadas por energía hidráulica (naura). Se destinaban a la elevación de agua, al manejo de molinos para la industria textil y la fabricación del papel. En la huerta murciana se utilizaban también unas ruedas elevadoras conocidas como dawlab, nombre de origen persa. El término saniya se destinaba a la noria de sangre, ya conocida por los romanos y también difundida en Al-Ándalus por los árabes. Se dice que fueron los sirios quienes la trajeron ya en el siglo XIII. Ar-Razí nos habla del sistema de regadío del Segura, muy similar al del Nilo en Egipto.

Para captar aguas subterráneas se utilizaron pozos y, quizá lo más conocido y relevante de las canalizaciones de agua en el mundo árabe, el famoso qanä. Este consiste, básicamente, en unas galerías subterráneas, perforadas aplicando técnicas de origen oriental, por las que se conduce el agua desde un pozo madre que la capta desde las capas freáticas y que está provista de unos respiraderos o pozos de ventilación cada cierta distancia. Es una técnica conocida desde muy antiguo en Al-Ándalus, introducida por los Omeyas, y abundante en muchas zonas de Mallorca, Madrid y Alicante, donde los arquitectos o expertos se servían de los zahoríes (del árabe zuharï) para detectar la localización de las aguas subterráneas.

Lo que posibilitó la utilización de las norias para la extracción de recursos hídricos de los pozos fue sustituir la fuerza motriz del agua por la de las bestias de carga, lo que permitió accionar la máquina sin necesidad de la existencia de agua corriente. No era fácil construir el mecanismo de rueda y piñón que convierta el movimiento horizontal en un giro vertical. Los carpinteros de Al-Ándalus construían las dos ruedas con maderas de diferente dureza para que la más débil actuara como fusible de cualquier accidente mecánico y pudiera ser fácilmente sustituida.

Para la distribución del agua de regadío se desarrollaron complejas y extensas redes de acequias que subdividían sucesivamente en conducciones menores en una estructura arborescente hasta llegar a cada uno de los predios que regaban y alcanzar así grandes extensiones de regadío intensivo. Si la captación se hacía en una corriente de agua, a veces se hacía necesario recurrir al azud para la derivación hacia el canal, acequia o noria que se encargaba de conducir o elevar el agua.

Entre las técnicas agrícolas que exponen los agrónomos andalusíes cabe indicar la destinada a conseguir que corra el agua en una tierra para posibilitar el riego. La técnica consiste en disponer el suelo con una inclinación de acuerdo con una proporción de desnivel determinada, esta proporción se calculaba con una herramienta al efecto. La clasificación de las aguas que realizaban los tratadistas musulmanes se basa en un criterio de procedencia a partir del cual establecen cuatro grupos diferentes: lluvia, ríos, pozos y fuentes, cada una de ellas con sus propiedades y efectos sobre los cultivos. Sobre el riego de los frutales y las plantas en general se deben tener en cuenta una serie de principios generales y específicos para cada caso.

La clave para aumentar la superficie de regadío era el aprovechamiento óptimo de los recursos existentes. En esta línea, en las zonas donde los recursos eran más escasos, las aguas de los baños eran reutilizadas después para el riego. Tal es el caso de los baños de Alhama de Murcia, que ya a mediados del siglo XIII servían para regar las tierras de la alquería. Práctica que se ha mantenido hasta el siglo XX.

Torre junto a la Medina de Túnez

En cuanto al origen étnico de las instituciones de distribución del agua en los sistemas de regadío, hemos de señalar que en la zona de Xarq al-Ándalus (sureste español) también tiene raíces bereberes en algunos casos. En Castellón, por ejemplo, recogían el agua sobrante de fuentes diversas, convirtiendo en ricas huertas 2.700 hectáreas de tierra. Todavía se llaman «huertas de los moros», las regadas por una fuente que brota junto al despoblado lugarcillo de Berita en el término de Onda.

De reconocida trascendencia y mucho coste son las canalizaciones subterráneas del cano o sifón y mina vieja. Mr. Jaubert de Passá, después de un escrupuloso e instruido estudio, dice que “tenían demasiada previsión en sus empresas, para desatender las ventajas que les ofrecían las localidades, y sabían superar los obstáculos con el mayor éxito… Por más estragos que cause la rambla, jamás padece el cano…” deduciendo de todo, con una imparcialidad muy laudable en un extranjero y por añadidura francés, que la teoría del sifón era ya conocida en una provincia de España, ocho siglos antes que se presentara en Francia su descubrimiento como una novedad.

No contentos los labradores musulmanes con haber cruzado las principales llanuras y laderas de acequias, canalejas y regaderas que derramaban en todas direcciones el germen más precioso de la fertilidad, se propusieron, además, aprovechar para la obtención de muchas producciones de huerta, las tierras turbosas o pantanosas de los cuadros próximos al mar y de algún otro lugar del interior, que un exceso de humedad hacía improductivas. Para ello utilizaron las técnicas de drenaje y desecación que la ciencia moderna aconseja actualmente como mejores o menos costosos; el de zanjas cubiertas y el de cauces al aire libre o sin cubrir. El primero, más perfecto, lo adoptaron en Alcolea, pueblo fundado por ello, que desapareció sustituido por el actual Villanueva de Alcolea, cuya fértil Hoyada inutilizarían las filtraciones de los montes vecinos, si las manos entendidas y cuidadosas de los musulmanes andalusíes no hubiesen abierto profundas y angostas zanjas de desagüe, tapándolas con lozas en arcos apuntados para sostener encima la tierra cultivable. El segundo, más fácil, lo practicaron en Torreblanca y Benicasim, Almazora, Mascarell, Almenara, etc., rodeando de anchas y hondas acequias que recogían el agua encharcada. De este modo crearon los marjales o al-marjales -marchals-, nombre árabe sin equivalente especial y apropiado en latín.

Higiene y Pureza Ritual: El Agua como Elemento Central

La higiene del cuerpo ha sido y es un precepto socio-religioso para las gentes del Islam. Aparte de la higiene natural del cuerpo, el musulmán realiza una serie de actos de purificación preceptivos, como son las abluciones rituales anteriores a las plegarias y después del acto sexual. El jabón de olor y la toalla acompañaban al agua en este ritual, para el perfecto remate de la higiene.

Pila de abluciones de Almanzor

Los tratados de hisba reflejan una serie distinta de preocupaciones según el muhtasib, la época, las necesidades concretas de los habitantes de cada lugar, el clima, etc. Los autores raramente consideran necesario aludir a la jurisprudencia malikí, tal vez por tratarse de casos que parecen evidentes desde el punto de vista pragmático. La preocupación principal de Ibn ‘Abd al-Ra’uf era la limpieza, tanto en el terreno ritual como en la preparación de alimentos para su venta.

El cumplimiento de las abluciones, [incluso en circunstancias] adversas, hace que Dios perdone los pecados, con lo que mejora su consideración [del orante]. Las circunstancias adversas son de dos clases: la una es que se tuviera que proceder a la ablución con un frío intenso y [la segunda] cuando el hombre adolece de una enfermedad.

Se les ordenará que no se pasen, poniendo demasiada agua cuando hacen la pasta, siendo esta [práctica conocida] entre ellos como el ‘entalegado’/ta‘liq. Que no pongan los [panes crudos] sobre los ‘escurridores’/takabis, que son los paños que ponen encima de las tablas donde colocan el pan. Se les ordenará a los operarios que hacen el pan a lavar todos los días sus artesas para amasar, así como sus lienzos, que limpiarán por la noche, ya que se les ha encontrado durmiendo encima. Se les prohibirá ponerse a trabajar antes del amanecer por ser posible que entonces presten escasa atención, pues acaban de despertarse. Se les exhortará a bañarse a menudo, y a lavarse la cabeza, especialmente durante el verano.

Así mismo, impondrá a los mozos de baño que dejen sus piedras pómez, con las que raspan los pies de la gente, todas las noches en agua y sal para que no huelan. Las pilas de los baños públicos deben estar tapadas, porque si quedan al aire no se podrá evitar que se ensucien, siendo así que estos lugares han de ser limpios por definición.

La Importancia Social y Económica del Agua

La importancia social y económica del agua exigió, lógicamente, una normativa o regulación jurídica. La prevención o solución de conflictos relacionados con ese preciado y escaso bien eran de suma importancia para los andalusíes. En Al-Ándalus, las cuestiones del riego, el reparto y distribución de las aguas formaba parte de lo que en el derecho andalusí se denominaba furü al-fiqh. El Tribunal de las Aguas de Valencia se remonta a la época califal de Al-Ándalus en la Plana, en el Campo de Morvedre, en la Huerta Valenciana, en la Ribera del Júcar, en el Pla de Xátiva y en la Huerta de Gandía. El regadío es permanente y se rige por el principio de que el agua es un bien común e inseparable de la tierra. Las acequias son conservadas por las comunidades de regantes, los cuales se someten a un tribunal de las aguas para resolver los litigios.

Dice Ibn Jaldún, el famoso sociólogo tunecino de origen andaluz del siglo XIV, en su obra Al-Muqqadimah, que para que la vida en una ciudad sea grata, es necesario atender, al fundarla, a varias condiciones. La primera: la existencia en su solar de un río o fuente de agua pura y abundante, pues el agua es cosa de capital importancia, “un don de Allah”. Y es que cuando cae el Imperio Romano, y llegan los árabes a la península ibérica, deben de fundar nuevas ciudades debido al deterioro y a la destrucción de las grandes ciudades romanas como Córdoba, Sevilla, Mérida, Zaragoza, Toledo y muchas otras, por lo que podemos encontrar restos de la cultura romana, árabe, judía y cristiana conviviendo con toda naturalidad en nuestra excelsa y variada cultura y geografía hispana.

Burro de azacán (aguador) castellano

El agua en el mundo islámico era usada para la higiene personal, para consumo doméstico, para las labores agrícolas, un uso cortesano y/o religioso.

En la morfología de la ciudad había fuentes públicas (sabbala), adosadas a los muros de las casas y decoradas con vistosos azulejos polícromos, que proporcionaban agua a los cansados viandantes para beber o para sus abluciones. Proveían también a las mujeres y a los muchachos más humildes que no disponían de ella en sus casas. En Córdoba, durante el siglo IX, el emir Abderrahman II mandó construir un gran depósito que recogía el agua sobrante del suministro de sus alcázares, para que fuese aprovechada por el pueblo. Se instaló el depósito junto a la llamada Puerta de la Celosía (Bab al-Musabbak).

El agua pública era también objeto de pequeño comercio, ya que innumerables aguadores (sakka) recorrían las calles con el tintineo de sus vasos de metal, transportando el preciado líquido en odres de cuero. La figura del aguador ambulante y vocinglero nos ha sido familiar hasta hace pocos años, al menos por las tierras de Levante y Andalucía. Incluso en Madrid -el famoso Mayrit árabe-, los aguadores llevaban el agua cristalina de los qanats desde las fuentes a las casas, transportándola en borriquillos, aún en pleno Siglo de Oro. Pero regresando a Al-Ándalus, en la Sevilla del siglo XII los aguadores transportaban el agua a lomos de una acémila desde el Guadalquivir, y la vendían en los barrios de su ciudad. Se establecía que los aguadores tuvieran un lugar reservado a la orilla del río Guadalquivir, en un pequeño muelle o tinglado de madera, río arriba, donde la corriente fuese menos fuerte. El punto en el que los aguadores debían sacar su agua se determinaba exactamente en la ordenanza. En ella se establece el límite entre el flujo y reflujo marinos, prohibiéndose el acceso a este lugar a toda persona que no perteneciera a la corporación o cofradía de los porteadores de agua. Continuaba la ordenanza estableciendo que la infracción de esas disposiciones sería castigada con prisión o con pena corporal, según estableciera el muhtasib.

Es sorprendente comprobar la preocupación que había en Al-Ándalus por preservar la calidad del agua para el consumo, ya fuese para beber o para usos religiosos e higiénicos. Igualmente, se establece la prohibición de arrojar basuras y desperdicios al río Guadalquivir -costumbre “fluvial”, por desgracia, de asombrosa actualidad-.

El legado del agua

La mayor parte de las casas de la España musulmana contaba con aprovisionamiento de agua potable, ya fuera procedente de un pozo o aljibe situado en el patio interior, o por medio de canalizaciones que la traían desde más lejos. El pozo o aljibe doméstico se aprovisionaba del agua de lluvia, que desde los desagües de las azoteas iba resbalando por cañerías de arcilla hasta acumularse en el depósito. El patio, incluso el más humilde, podía de esta forma permitirse el lujo de tener un pequeño surtidor para hacer más fresca y agradable la estancia familiar, complementándose su sonido, especialmente al anochecer, con el denso perfume de los jazmineros que trepaban por las paredes. La preocupación de los soberanos de Al-Ándalus por el aprovisionamiento de agua para las ciudades se hace patente en la gran cantidad de redes de canales y acueductos que abastecían los distintos enclaves urbanos. Ese es el caso de los dos famosos acueductos que, en el siglo X, llevaban el agua a Madinat al-Zahra para abastecer aquella inmensa ciudad-palacio, cuyo subsuelo era una maraña de tuberías, muchas de ellas de plomo, según han podido descubrir las excavaciones arqueológicas. En Sevilla, el califa almohade Abu Yaqub Yusuf mandó construir los llamados “caños de Carmona”, que traían el agua a la ciudad y a la Buhayra.

En todas las religiones, el agua, además de ser una riqueza natural que determina en multitud de ocasiones el emplazamiento de un territorio, es un elemento mítico, sagrado, cargado de simbología. En relación a Al-Ándalus, tenemos una gran cantidad de legislación, fatuas (consultas jurídicas), sentencias judiciales y ordenanzas acerca del uso y propiedad de las aguas. En principio, y como norma general, en Al-Ándalus se reconocía jurídicamente el derecho de cualquier persona (musulmana o no) a tomar agua para saciar su sed y abrevar sus animales. Desde el punto de vista jurídico, las aguas eran consideradas de tres tipos: públicas (o res nullius), de propiedad privada y mixtas. Eran aguas públicas las grandes masas de agua, como los mares, los ríos caudalosos, los lagos, la nieve y el hielo de las montañas. Comunes a todos los musulmanes, nunca podían ser objeto de derecho de propiedad, sólo de uso. La segunda categoría, las aguas privadas, eran aquellas que pertenecían a una comunidad de regantes o a un individuo en particular, no siendo infrecuente el caso de multipropiedad, siendo regulado el uso de riego por los copropietarios.

En época medieval, la difusión que conoció el regadío en Al-Ándalus contribuyó, sin duda, a mejorar notablemente el bienestar de la sociedad andalusí, destinataria del aumento y variedad de la producción agrícola. El afán de preservar y guardar el agua se visualiza en la habitual construcción de pozos por los andalusíes. Muchas casas -es evidencia arqueológica- contaban con la infraestructura necesaria para canalizar, transportar y almacenar el agua procedente de lluvia o de otras fuentes de aprovisionamiento (tuberías, atarjeas, pilas, aljibes domésticos, contenedores de cerámica, etc.). En cuanto al estímulo por la biodiversidad, Al-Ándalus fue un ejemplo de transformación del paisaje agrícola basada en una diversidad creciente. La incorporación de especies orientales y norteafricanas es un hecho recogido en los libros de agricultura andalusíes.

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